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lunes, 12 de febrero de 2024
Pido perdón

A todos nos han llamado para vendernos algo. Y a veces esa llamada ha sido la tercera, la quinta, la séptima que nos hace esa empresa en particular. O ha sido la primera, pero el teléfono ha rasgado el albor de una mullida siesta. O bien nos ha sorprendido aun arrastrando la hirviente quemazón de una disputa doméstica.

 

También todos hemos tenido problemas con alguna gran compañía. De telecomunicaciones, de seguros, una entidad bancaria o cualquier otra. Y hemos tenido que apretar los dientes de rabia ante incidencias que no se resuelven, retrasos injustificados o soluciones que no convencen.

 

Internet está lleno de clientes quejándose amargamente de alguno de estos asuntos, en un continuo que va desde la denuncia hasta el insulto, pasando por la ironía. También se ha puesto de moda, como un tema más en la playlist del tapeo dominguero, dramatizar todos los problemas que las grandes compañías nos provocan, con especial énfasis en los episodios que vivimos con los agentes de los centros de contacto. Y en todas esas narrativas siempre tenemos la razón, por supuesto. Para eso somos los clientes.

 

A mí también me han pasado todas esas circunstancias, como a cualquier ciudadano de a pie. Algunas no pasaron de anécdotas, otras fueron cómicas y, por supuesto, también he vivido circunstancias verdaderamente sangrantes. Sin embargo, hoy quiero pedir perdón públicamente.

 

Pido perdón por todas las veces que me he enfadado con otro ser humano que lo único que estaba intentando hacer es ayudarme, a veces enfrentándose con un problema excesivo para sus herramientas o su capacidad de decisión. O tal vez no estaba exactamente intentando ayudarme, pero sí estaba tratando de hacer su trabajo de la mejor manera posible. De ganarse el pan, para sí mismo o para su familia. Con un salario que, más veces que menos, no permite sino un nivel de vida ciertamente modesto. Quiero pedir perdón por todas esas veces que he perdido los nervios, que he amenazado con escalar el asunto a otras instancias o que he blandido el pueril argumento de mi baja como cliente.

El teléfono es un buen escudo. Quizá no tanto como el email, pero desde luego es bueno. No sabes quien es la persona con la que hablas, no la tienes que mirar a los ojos y además cuentas con la ventaja de que apenas puede defenderse. Y por eso puedes exudar todo el vitriolo que quieras, escudándote en que “no hay derecho”, en que “faltaría más”, en que “esta es la última vez”.

 

Me aventuraría a decir que las personas que escuchan pacientemente todos nuestros ataques de furia nunca tienen la culpa de lo que nos acontece. Simplemente son el último eslabón de un engranaje que posiblemente sí tenga culpables, pero están tan repartidos y son tan difusos que es imposible encontrarlos. Por eso, tal vez la solución a todos esos amargos momentos tenga que venir de quien tiene la capacidad de suavizarlos, que es quien tiene la sartén por el mango. Y ese alguien somos nosotros, los clientes. Aunque tengamos razón.

Decía Laura Restrepo en La novia oscura que “nadie sabe con cuánta sed bebe el otro”. Y es una gran verdad. En estas situaciones nunca sabemos qué circunstancias vive la persona con la que hablamos. Quizá es feliz como nadie, pero también puede que su padre esté enfermo, que viva en una relación tóxica o que no llegue a fin de mes. Por eso, no hay nada de malo en desearle una buena tarde a alguien que te llama de manera intempestiva para venderte algo que no necesitas. Tampoco se va a hundir la bóveda celeste por decirle a quien está intentando, de momento sin éxito, resolverte un problema, que eres consciente de que el asunto no está completamente en sus manos. Y, por supuesto, nuestro honor no se va resquebrajar porque seamos un poco más comprensivos, un poco más colaboradores, un poco más compasivos. Porque no es verdad que los clientes tengamos siempre la razón. A veces no la tenemos. Y cuando no la tenemos hay que pedir perdón.

 

JESÚS ALCOBA, DIRECTOR DE LA SALLE SCHOOL OF BUSINESS

Publicado en Dirigentes (Enero 2021)

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
  • ¿Te ha pasado últimamente lo que cuenta el autor del artículo?
  • ¿Has experimentado alguna vez el poder de "pedir perdón"?
  • ¿No crees que puede ser una buena tarea para el día "imaginar con cuánta sed bebe el que tienes al lado?
ORACIÓN

Acostumbro

diariamente a caer en el engaño

de condolerme de mis propios lutos

y, sin criterio, disculpar mis fallos.

Miro tanto las faltas de los otros…

Tantas recetas doy que yo no hago…

Dime cómo me ves, Tú que me abarcas

con tus ojos eternos de milagro.

No perderé los ánimos. Tú sabes

corregir con amor. Lleva tu mano

a las secretas llagas. Vamos, cántame

 las verdades que sanen mis pecados.

 

Luis Carlos Flores Mateos, sj

ANIMADOR DE LA ORACIÓN TODOS
SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE RUEGA POR NOSOTROS
¡VIVA JESÚS EN NUESTROS CORAZONES! ¡POR SIEMPRE!